Obras de Teatro Infantiles, cómicas, para niños, jóvenes y adultos

Geografía de una Desgracia

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Esta es una obra de teatro de humor, la primera que publicaremos de Rodrigo Tanoira un autor argentino que compartió gentilmente su trabajo con nosotros. En la sección de Biografias ya pueden encontrar la suya para que lo conozcan un poco más. Les recordamos que recibimos trabajo para publicar y dar a conocer sus obras, tanto escritas como en video para difundir en nuestra comunidad.

Geografía de una Desgracia

Introducción: Vemos un baño pequeño. La ducha cubierta con una cortina verde fosforescente circular; el lavatorio, el inodoro, el espejito botiquín y algunos elementos varios relacionados decoran el lugar. Entra al baño Santiago cubierto solo por una toalla atada a la cintura. Cierra la puerta, se quita la toalla, abre la ducha y espera a que esta se caliente. Hay una pequeña radio a pila que enciende para distraerse durante el baño; transmite música clásica que Santiago hace sonar a tope mientras empieza a afeitarse y el vapor crece. El canta sobre la orquesta inventando letras que encajen con la melodía. Se divierte con este juego.
En un momento la transmisión se corta y se escucha el sonido de una fuerte explosión. Santiago confundido y extrañado automáticamente apaga la ducha y trata de escuchar, pero la radio vuelve a funcionar y las cosas parecen normales. Retoma el juego de las palabras y la música al afeitarse. Al rato nuevamente la radio se apaga, otro tremendo estruendo, ya preocupado cierra la ducha para ocuparse en entender que es lo que está pasando… pero nada. Así queda unos instantes esperando una señal, algo que desde el exterior argumente las explosiones. De golpe el baño comienza a sacudirse logrando que las paredes amenacen con caerse. Santiago con mucha dificultad vuelve a atarse la toalla a la cintura mientras va atrapando los elementos que vuelan por el aire, tal cual un bravo terremoto. En un momento parece calmarse, la estructura deja de moverse y no se escucha nada aparentemente peligroso. Santiago hace una pausa; lo vemos con ese gesto que esculpe el notorio presentimiento de la desgracia y sale del baño.

Cuando Santiago abre la puerta y sale definitivamente del baño, este desaparece mientras se enciende un espacio arrasado. La imagen de una ciudad en ruinas, destrozada; pedazos de estructura desparramados por todas partes; cuerpos humanos, de animales. La devastación total. Humo. Gas. El aire es tóxico.

Santiago camina unos instantes sobre este verdadero desastre, ansioso, angustiado. Levanta algo del suelo, es una muñeca sin cabeza; la abraza como si fuera una persona, le besa el cuerpo y llora silenciosamente. Camina entre el desastre, cada tanto cae como en un vía crucis. Se sienta sobre la goma de un tractor, con la muñeca entre los brazos, se miran, se compadecen.

Santiago: (mientras la observa con cariño como si fuera realmente una persona a la que estima) hubiera sido imposible vivir con la incertidumbre de la muerte. Hicimos bien, nos quedamos tranquilos viviendo día por día… que tipos raros los aztecas… me quede pensando, ¿viste como son los cosas? (piensa) yo entré a bañarme como todas las mañanas; duchita, radio, afeitada, mate calentito con tostadas de pan negro y dulce de leche, beso a los pibes, a la patrona y a laburar que hay que pagar el techo, el vino y el asado.

Santiago que tiene a la muñeca en la mano la hace girar para que esta le de la espalda

Santiago: (a la muñeca) ¿qué te pasa?

La muñeca gira de nuevo, mirando sin la cabeza fijamente a Santiago

Santiago: (mas incisivo) ¿qué te pasa?

La muñeca vuelve a girar dándole nuevamente la espalda

Santiago: ¿pero que te pasa que giras tanto?, sos vueltera hé! (festeja su ocurrencia. Luego retoma con la tristeza)

En este momento se da cuenta que hay un mechón de pelo saliendo de un cúmulo de rocas. Comienza a sacar escombros apurado. Al rato da con la cara de una niña, sucia y lastimada. Intenta socorrerla pero cuando toma su cabeza para ayudarla a salir, la cabeza, literalmente separada del cuerpo, rueda por el suelo hasta alejarse. Santiago espantado la recoge del piso y la observa desconcertado, aterrorizado. En un impulso delirante intenta colocarle a la muñeca la cabeza recién encontrada, es brutal y asqueroso; el fracaso es inmediato y rápidamente suelta las dos cosas y comienza a correr gritando. Mas tarde, mas tranquilo, se sienta sobre una heladera vieja y oxidada tomándose la cabeza con las manos en una clásica expresión de tormento.
Cae la noche cuando Santiago intenta atrapar una lagartija para cenar; la tarea es sobresaltada, entre tropiezos, caídas, golpes y gritos Santiago puede capturarla y llevársela a la boca desesperado.
La noche cae; Santiago intenta dormir pero los aullidos de la oscuridad, como una orquesta de demonios, no dejan que el descanso sea posible. Se acurruca tapándose con la toalla su cuerpo desnudo. Tirita y sufre. Llorisquea. Intenta retomar el juego de las palabras ya sin música pero fracasa una vez mas.

Al rato el rayo de luz de una linterna lo sobresalta y se pone de pie rápidamente. No logra ver de quien se trata por la oscuridad y por la luz de la linterna que cada tanto lo encandila.

Santiago: hola, me llamo Santiago, Santiago Francisco Ramírez; mire, yo tenía una casa en esa otra cuadra, a la esquina del correo, pero no se que pasó, adonde fue a parar todo el mundo, que es lo que sucede… ¿podría decirme algo?,  ¿usted quien es?... ¿sabe algo de lo que paso?...

No recibe respuesta. La linterna se apaga y la oscuridad vuelve a inundar todo

Santiago: ¡hola!, por favor, amigo, amiga, por favor (dando brazadas en la oscuridad) no se vaya por favor… (llorisquea nuevamente y así se pierde con la noche)

Lentamente empieza a clarear el día. Santiago tirado sobre una roca, desnudo y sucio, cubierto apenas con la toalla. Se despierta en un sobresalto, su aspecto es patético.  Intenta arrastrarse por las ruinas buscando algo que llevarse a la boca. Esta vez la víctima es una cucaracha y luego un dedo gordo con la uña pintada.
Mastica sumido en una dolorosa soledad.
Escucha unos ruidos cercanos como de alguien rasguñado una pared. Santiago recorre todo cuanto puede hasta poder identificar de donde proviene el sonido. Se da cuenta que dentro de la misma heladera en la que está sentado, alguien trata de avisar que respira. Comienza a levantar el armatoste; lo abre desesperado, ilusionado de encontrar alguna respuesta; dentro encuentra a un hombre que a primeras se lo ve muy lastimado; intenta retirarlo del aparato para incorporarlo sobre su pecho. es un cura con su hábitos tradicionales.

Santiago: ¿cómo se encuentra?, ¿esta bien?... ¿sabe usted que pasó?... ¿me escucha?

Padre: (haciendo esfuerzos para hablar. En el tercer balbuceo vomita una gran cantidad de sangre) haaa… he… gracias… hee… ¿qué hora es?

Santiago: no lo se padre, ¿para que quiere saber la hora?

Padre: soy el padre Benítez, párroco de nuestra santísima, purísima y sacrosanta virgen Susana, virgen por amor a dios y no a los hombres como María… (tose gravemente y se desploma)

Santiago: ¡padre!, ¡padre!.. no se me muera… no sin antes contarme que sabe, ¡¡¡¿¿¿qué pasó???!!!

El párroco se despierta sobresaltado

Padre: María tuvo la culpa, ¡María que te parió! (se desmaya)

Santiago: … pero padre…

El párroco vuelve a despertar

Padre: (le habla a una multitud imaginaria todavía recostado sobre la falda de Santiago. Por momentos se inclina solo un poco hacia adelante) ¡nunca mas volverán las oscuras golondrinas!; María tuvo la culpa de que Susana quedara mal vista a los ojos de dios; María robó al bebe; eso dios no lo sabe y es justamente el encargo divino que tengo de dios, contarle a dios la verdad… que María mintió, ¡mintió! (tiene convulsiones. tose)

Santiago intenta con mucho esfuerzo arrastrarlo hasta algún lugar donde poder recostarlo. El párroco se tranquiliza

Padre: ¿dónde estoy?... (mira a Santiago; no se sabe porque esto lo pone furioso y empieza a golpearlo. Santiago intenta defenderse hasta que de una buena trompada lo tumba definitivamente)

Cae la noche. Santiago se acomoda al lado del cura, que está tumbado, con cuidado y sin poder dormir pero mas acostumbrado a la situación. Al rato la luz de aquella linterna otra vez moviéndose de aquí para allá. Santiago se reincorpora y trata de acercarse al individuo pero este retrocede a cada intento.

Santiago: hola… no se quien sos, pero necesitaría que me digas algo, somos personas inofensivas; estoy con un señor, curita el, que parece estar muy mal, supongo que se le habrá caído la iglesia encima, no se… pero necesitamos ayuda y no parece haber mucha gente… viva… ¿me entiende?, ¿me escucha?...

Aquel ser nocturno no da ninguna respuesta y sigue moviéndose con su linterna siempre a cuidado de Santiago.

Santiago: le juro que soy un buen hombre y aquel es un cura, todo esta bien, y creo que si podemos unir fuerzas saldremos de esto… que en realidad no tengo ni la mas mínima idea de que es esto, pero cuanto mas seamos… tal vez… mas nosotros, menos esto…

La luz de la linterna se apaga. Se enciende nuevamente en otro lugar distinto al anterior. Santiago sigue a la luz como un gato al reflejo. Así la luz va cambiando de lugar y de espacio a cada momento generando en Santiago una coreografía de movimientos que lo van llevando de un sitio a otro. Comienza a marearse y parece caer cuando el cura despierta cubierto de odio y energía avasallante que en una fuerte corrida, inesperada, desde donde estaba caído hasta el cuerpo de quien porta la linterna, temerario, se desparrama sobre su cuerpo. Cuando esto sucede Santiago corre detrás del padre y arrebata la linterna.

Santiago: (iluminando al extraño que podemos notar a primera vista que se trata de un mimo; nos damos cuenta por el maquillaje blanco de su rostro con una lágrima debajo de su ojo derecho y la vestimenta clásica: pantalones rayados con tiradores, remera manga larga blanca y sombrero bombín. Un mimo común y corriente. Santiago lo increpa) ¿porque no me contestabas?. ¿qué te pasa?... ¿por qué no te identificaste? (el cura vuelve a vomitar sangre y se desploma. Se da la cabeza contra una roca y empieza a sangrar) ¿cómo te llamas?, ¿sos de esta ciudad?... (lo observa) ¿vos no sos el que hace de mimo en plaza Irlanda?... (silencio) ¡hola!, ¡te estoy hablando!

El mimo no responde. De hecho empieza a incorporarse (todo lo que estamos viendo es a través de la linterna), lo hace como si estuviera ayudado por una soga que pende del cielo. Al levantarse se saca pedazos de cosas imaginarias de su cuerpo,  baja la soga del cielo y la enrosca en su cintura como un cinturón a medida, se emprolija el traje imaginario, golpea el sombrero invisible quitándole un polvo también invisible, sonríe y saluda muy cortésmente a Santiago estrechándole la mano

Santiago: (responde respetuoso) que tal… soy Santiago; disculpe la situación… pero vio que las cosas se pusieron… extrañas y como que uno no sabe como mirarlo… o como entenderlo… ¿vos pudiste ver algo?, ¿sabes que está sucediendo?

El mimo emite una sonrisa amplia, desarticulada y honesta. Retrocede unos pasos con gracias de bailarín. No deja de mirar a Santiago. Saca unos binoculares invisibles, los utiliza para estudiar detalladamente a Santiago; algo lo vislumbra y abre los brazos en actitud de ¡eureka!, camina nuevamente con gracia de bailarín hasta donde está Santiago y le atraviesa el brazo por sobre el hombro. De ahí consigue encontrar una mariposa invisible que el mimo le muestra como un niño que acaba de sorprenderse ante un regalo. Santiago toma la mariposa invisible que el mimo le ofrece. De repente el mimo se acuerda de algo, entonces saca un huevo invisible, muzzarella, tomate y jamón, también invisibles y comienza a preparar un homelette etereo.

Santiago: (sin dejar de iluminarlo con la linterna. Algo molesto, ajustándose la toalla un poco mas a la cintura) disculpame, no hace falta que me hagas el show, pibe; no se si te das cuenta que acá las cosas se pusieron feas, mirá a tu alrededor, no queda nada, no sabemos o al menos no se que pasó… ¿podes comportarte como un ser normal y decirme cual es tu nombre... algo, una palabra…?

El mimo termina de hacer el homelette y lo pone ahora en una mesa (entendemos que ningún elemento que utiliza este personaje es real) junto con los vasos, el pan, la bebida y los cubiertos; terminando con un sutil florero que huele felizmente y dispone junto a las otras cosas. Santiago arto de la pantomima tira la mesa y todo lo que hay en ella utilizando los mismos recursos del mimo, atacándolo desde su propio lenguaje. El mimo se ofende, destapa una gran olla y se mete dentro; con medio cuerpo fuera, inclinándose hacia la superficie intenta llegar hasta los pies de la olla y de ahí hasta la hornalla. Con una antorcha que enciende tirando un poco de aliento sobre sus dedos enciende también la hornalla que rápidamente comienza a hacer hervir el agua. El mimo da gritos de horror sin sonido, girando en la gran olla y arrastrado por un mar de agua infernal su cuerpo comienza a machucarse y a desintegrarse velozmente. Santiago intenta salvarlo otra vez desde la pantomima pero cuando cae en la cuenta de tal estupidez deja la linterna sobre una roca y se sienta de espalda a público desalentado. Unos segundos después se escucha un tremendo disparo. Velozmente Santiago toma la linterna e ilumina encontrándose con el cuerpo del mimo tirado en el suelo cubierto de sangre y restos de sus propios riñones encima; ahora todo es real; y por el otro lado al cura, también cubierto de sangre, sosteniendo una temible y humeante escopeta de dos tiros.

Padre: era un alma perdida y cuando uno pierde el alma es difícil que la vuelva a encontrar. Uno puede recuperar un juego de llaves, hasta la dignidad mirá lo que te digo, pero nunca el alma (se incorpora con mucha dificultad); usted puede ser un demonio si lo pienso un poco (lo apunta con la escopeta), un demonio desnudo… ¿por qué está tan impúdicamente desnudo?, ¿hermano demonio?, ¿es usted mi hermano demonio?... (se acerca, es intimidatorio)

Santiago: (actúa contenedor) padre, no cometa errores irreparables; usted tiene que entender que dormimos mal, comemos mal, somos sobrevivientes en agonía, entonces la realidad puede que se distorsione, que por momentos parezca lo que no es

Padre: lo miro y mas me convenzo… usted es un hombre lobo, Lucifer, Nosferatu, Béla Lugosi y el pulpo negro, una delantera infernal, ni se le ocurra jugar en orsai (lo apunta con odio) ¿por qué se ríe de mi? (Santiago mueve la cabeza negando esto) me preparé durante toda la vida para reconocer un demonio ante mis ojos y para tenerlo muerto con la pólvora de mi santa y salvaje escopeta, irresistible combinación para la desgracia de un insecto de la oscuridad, hijo de las tierras de Saurón; soldado oscuro de las fuerzas comunistas anti-dios… ¡fuck!, negro de mierda, ¡fuck!

Santiago retrocede cuidadosamente con los brazos estirados y las manos alertas delante. Llorisquea, todo le parece demasiado. El cura cada vez mas encendido lo sigue con la mira del arma y en aguda atención

Padre: no me conmueven las desgracias con sus lápidas. Susana me eligió para que le demostrara al mundo cual es la verdad del espíritu santo… José engañaba a María con Susana, por eso María robó el bebe, ya le habían dicho que el pibe era una mina de oro y ella no iba a soportar que esa porquería tuviera un hijo de su esposo y que encima adquiera gran poder por eso. Antes que matarla prefirió robar al pibe. María es una bastarda también… el diablo. ¿Vos no viste la estampita?, ¿no notaste a esa mujer que llora desconsolada a los pies del pibe?, ¿no te diste cuenta que esa mina no es María?, esa pobre mujer desconsolada es Susana, María ni fue, seguramente estaba arrastrándose entre los pervertidos miembros de los miembros de la realeza real… no puedo creer que no te hayas dado cuenta, no puedo creerlo, no puedo… Susana, pobre Susana, hó Susana, hó Susana…

Un trozo de biga atraviesa el cuerpo del cura a la altura de este relato que cubierto de sangre y pedazos de tripa cae muerto al suelo. Detrás, cuando Santiago lo ilumina, vemos al mimo riendo en estruendosas carcajadas mudas. Satisfecho, este también se desparrama a los pocos instantes ahogándose en su propio vómito de sangre, entre carcajadas sin sonido, dejando a santiago otra vez acosado por una inmensa soledad silenciosa.
Todo había llegado a su fin y el lo sabia.

Apagón. Un piano lento, melancólico, húmedo y distante suena por algunos minutos.

Clarea el día. Vemos el espacio devastado; solo se escucha al viento ir y venir haciendo rodar pequeños elementos a su paso.

Entra una anciana de aspecto terrible, sucia, con algunos trapos encima, empujando un carrito cargado de cartones, botellas y elementos de subsistencia en pésimo estado. Se sienta sobre la misma heladera de la escena anterior y queda mirando el horizonte mientras almuerza una rata algo descompuesta.
Distinguimos a Santiago agazapado, asomando la mitad de su cabeza detrás de una roca, espiando de manera muy sigilosa los pequeños movimientos de la anciana. Espera unos segundos y luego en una fulminante corrida, de cazador experto, logra alcanzar el cuerpo de la vieja como un león a la cebra. Primero la desnuca con una potente torción de mandíbula sobre el cuello y una vez muerta se la mastica y traga con notoria desesperación.
Con Santiago devorando los trozos de la anciana, totalmente deshumanizado, la escena empieza a desaparecer hasta quedar todo en sombras y penumbras.
Se enciende una pantalla sobre la pared central donde comienza a proyectarse, al clarísimo estilo de los videos de casamiento o fiesta de quince, imágenes de la humanidad: los momentos mas felices, los que nunca podremos olvidar, los que nunca van a regresar.

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